Tom Cruise, el último héroe de acción

Misión Imposible: Repercusión es la prueba final de que el actor es la estrella de acción que se merece el cine contemporáneo

El plano está vacío, pero de repente llega él –camisa rosada, calzoncillos blancos, medias largas– deslizándose por un piso de madera pulido al extremo, con swing, con 30 años menos, impecable, impoluto. Un giro y el “just take those old records off the shelf” de Bob Seger que suena a todo volumen por los parlantes. El baile y la zambullida en el sofá mientras sacude las piernas como un poseso. Es un niño rico y la libertad no lo abruma. Disfruta de su desapego existencial; lo baila. Es la comedia de Risky Business (1983) y Tom Cruise siendo Tom Cruise por primera vez. Incluso sin saber que será Tom Cruise. Está todavía muy lejos de los vampiros, Vietnam, el “¡show me the money!”, las misiones casi imposibles, la cienciología y lo que sigue. Ya es él, pero aún oculto tras la ficción, donde lo único que importa es Old Time Rock & Roll, que suena fuerte. Y que se baila.

¿Se imagina aquel veinteañero tonificado que 39 años después esos músculos seguirán estando listos para escalar montañas a pelo, colgarse de helicópteros y aviones en pleno despegue; para correr por los techos y calles del mundo? ¿Sabe él, detrás de los lentes negros, que será uno de los tipos más audaces, raros y populares de la industria que lo acaba de recibir de brazos abiertos? Claro que no, pero seguro algo intuye. Algo en su porte, en cómo pisa y cómo mira, le grita al mundo que su héroe llegó. “Escuchen –dice– ha nacido una estrella: yo”.

Y sí. Tom Cruise es una estrella. Lo fue, lo es, lo será. De la acción y la actuación. ¿Que solo corre de forma extraña y pone caras mientras escapa de explosiones? Quien diga eso tiene deberes que hacer. Mirar, por ejemplo, Magnolia, una colosal película de Paul Thomas Anderson en la que él se roba el show. O la mencionada Risky Business. O Colateral, Ojos bien cerrados, Jerry Maguire, Nacido el cuatro de julio, Rain Man. Pero más allá de estos títulos dramáticos o cómicos que dejaron sentado que su calidad actoral va mucho más allá de su metro setenta y dos, Cruise entendió que para ser una estrella total –o al menos la que estaba destinada a ser– tenía que convertirse en una estrella de acción. Y la primera prueba la encontró temprano, volando a toda velocidad en el cielo bajo el apodo de Maverick y al ritmo de Take my breath away.

Top Gun (1986) fue la primera muestra. El filme es un festival de emociones, rivalidades, homoerotismo, clichés y adrenalina. Dejó uno de sus mejores personajes –no confundir con “mejores interpretaciones”– y un nombre, Maverick, que será revisitado en una largamente esperada secuela que llegará, si el cielo así lo quiere, en 2019.

La velocidad aérea dio paso a la velocidad sobre ruedas en Días de trueno (1990), una no tan valorada apuesta que, sin embargo, agregó una pequeña coma a la oración antes de la llegada de Brian de Palma y su primera Misión Imposible. Fue con aquella primera entrega de la saga en 1996 que Tom, mezclando la intriga y el espionaje de alta tecnología y de la mano de uno de los directores más influyentes de Hollywood, inauguró la mejor y más regular colección de películas de acción contemporáneas. Con descansos dramáticos (las mencionadas Magnolia o Nacido el 4 de julio) y de ciencia ficción (La guerra de los mundos, Minority Report, Al filo del mañana) entre entregas, la saga de Misión Imposible fue sumando adrenalina, riesgos, temeridad y emoción con cada nuevo título.

Y Repercusión, su sexta entrega, llegó a los cines hace pocas semanas para confirmar que nadie puede hacerlo mejor que Cruise. Nadie toma tantos riesgos; ningún actor en su sano juicio se quiebra la pierna en medio de un salto, pide para seguir y mantiene la toma en la que corre rengueando de dolor. De dolor real. Por eso y muchas cosas más, Misión Imposible: Repercusión hizo lo que ninguna otra película de la saga logró: borrar a Ethan Hunt de la pantalla y mantener al espectador prendido de lo que Cruise, no Hunt, hiciera.

Sí, se escuchan las quejas. Es cierto, muy cierto, que otros nombres ilustres del cine de acción han dejado al género muy bien parado en el pasado. Bruce Willis, Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, incluso Matt Damon como Jason Bourne o Mel Gibson en Arma mortal pueden aparecer como mejores exponentes para algunos seguidores de las explosiones y las persecuciones. Pero la mayoría de ellos están semirretirados de este tipo de cine, o sus últimos intentos de autorrevitalización no han sido exitosos. Tom Cruise, en cambio, sigue corriendo, escalando, disparando, peleando, manejando motos a toda velocidad en medio de caóticas calles europeas, salvando al mundo una y otra vez. Y todo eso orquestado dentro de un espectáculo cinematográficamente valioso. Y todo eso en la frontera de los 60 años.

El costado de la acción en Tom es un costado amplio, pero no total. Es sí, transversal a su vida, así como su extraña fidelidad a la aún más extraña cienciología, sus relaciones de pareja, su trabajo con maestros del cine –como De Palma, Stanley Kubrick o Steven Spielberg– o su terrorífica capacidad de parecer cada vez más joven, mientras es cada vez más viejo. Su vida, como la estrella de cine total que es, da para muchas líneas; da para un cargamento de párrafos llenos de elogios, curiosidades, ataques y vergüenzas ajenas. No es, sin embargo, el motivo de esta nota. Acá importa la acción, la resignificación de la acción como entretenimiento pochoclero supremo que ha logrado. Es lo último, la frescura que emana de la nueva Misión Imposible, el salto al vacío –literal y figurativo– que este personaje de la industria hace con cada nueva película de la saga.

Ojalá que Cruise pueda mantener el ritmo, que logre entregar más películas con mensajes que se autodestruyen en cinco segundos. En la lógica de una industria contaminada e inundada de sagas horribles que recaudan dinero a cambio de ideas vacías, Misión Imposible se erige como la salvadora del blockbuster contemporáneo, una colosal confirmación de que Tom Cruise es la estrella de acción definitiva de la última década. Que es el héroe que el cine se merece. Que nosotros, los que lo observamos de boca abierta, nos merecemos.

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